LA GUERRA CIVIL ESPAÑOLA
Para la Iglesia española los curas mártires son sólo los franquistas
(http://www.clarin.com/diario/2007/10/10/elmundo/i-02101.htm)
Los heridos yacían inermes en sus lechos aquel 27 de setiembre de 1936. De pronto un griterío salvaje. El capellán Muiño, de sotana, se puso en la puerta de la sala con los brazos en cruz rogando piedad. Los "caballeros" de la Legión destrozaron al padre Muiño a machetazos y después pasaron a degüello a todos los heridos del Hospital de Toledo.
El sacerdote José Pascual Duaso, párroco de Loscorrales (Huesca) salía de su casa cuando tres falangistas cuyos nombres eran y son bien conocidos hasta ahora, lo mataron a balazos el 22 de diciembre de 1936. Don José era muy querido por sus iniciativas caritativas en una zona pirenaica sumergida en la peor miseria. Sus feligreses lo ayudaban a juntar leche que después repartían entre los chicos hambrientos. Pasaron muchos años hasta que el pueblo se atreviera a colocar una humilde lápida en su tumba.
Estos sacerdotes no estarán entre los 498 mártires de la Iglesia española durante la Guerra Civil que serán beatificados el 28 de octubre próximo en una imponente ceremonia en la Plaza de San Pedro. Porque solo serán honrados quienes perecieron y son reconocidos por la Iglesia española en el bando de la Santa Cruzada, encabezada por el dictador Francisco Franco, apoyada por Hitler y Mussolini, y bendecida por la jerarquía eclesiástica.
Los casos de curas y religiosos que fueron fusilados o asesinados por las fuerzas fascistas se repiten especialmente en el País Vasco, donde la Iglesia local apoyaba al gobierno de Euskadi leal a la República. Estos días próximos a la beatificación en el Vaticano circula un lista con nombres apellidos, fecha y lugar de los fusilamiento en el País Vasco de dieciséis religiosos.
Los bombardeos de las aviaciones nazi alemana y fascista italiana no perdonaron iglesias ni conventos durante la ofensiva del Norte que culminó con la destrucción de Güernica y, entre otras ciudades, de Durango. Testimonia el embajador norteamericano Claude Bowles en su libro "Misión en España 1933-1939" : "En la Capilla de Santa Susana,(Durango) las monjas podían oír el ruido siniestro de los aviones volando muy bajo. Los aviadores nazis lanzaron toneladas de pesadas bombas. Una de ellas estalló sobre el tejado de la capilla de Santa Susana y las monjas volaron literalmente en pedazos, mezcladas con trozos de las sagradas imágenes". Como murieron las monjas es un martirio. Pero en el otro bando.
Después, el embajador relata el asesinato de sacerdotes por parte de los fascistas italianos, luego de la rendición de las tropas vascas en Santoña (Cantabria): "Habían sido ejecutados incontables prisioneros, incluidos 15 sacerdotes vascos. Entre los fallecidos, destacan Martín de Lecuona, cura auxiliar de la parroquia de Rentería (Guipúzcoa), fusilado el 8 de octubre de 1936; Gervasio de Albizu, cura auxiliar de la parroquia de Rentería (Guipúzcoa), fusilado el mismo día, y así, religiosos de otras parroquias hasta llegar hasta quince".
El profesor Antonio Aramayona evocó en el Periódico de Aragón a otros sacerdotes fusilados o asesinados por los fascistas que no han tenido ningún reconocimiento de la Iglesia española. En Mallorca fue fusilado el sacerdote Martín Usero y en Aragón el padre José Duaso.
El secretario y vocero de la conferencia episcopal, monseñor José Antonio Martínez Camino, anunció la ceremonia de beatificación hace algunos días y se le pregunto por los sacerdotes fusilados por el franquismo. Respondió que no existían constancias de que esos hechos hubieran sucedido.
No es exacto. La Iglesia conocía perfectamente los hechos, en especial su máxima autoridad el cardenal Isidro Gomá y Tomás. Así lo recuerda Bowles: "Que los sacerdotes vascos fueron ejecutados fue reconocido por el cardenal Gomá en el significativo cambio de cartas en enero de 1937, entre Su Eminencia y el presidente (de Euskadi) José Antonio Aguirre (...). En su discurso del 22 de diciembre de 1936 Aguirre había expresado su asombro porque la jerarquía española no había formulado ninguna protesta contra la ejecución de sacerdotes por las autoridades rebeldes. En una carta del 10 de enero de 1937, Su Eminencia había contestado admitiendo las ejecuciones, pero manifestando que la "jerarquía no estaba callada", sino que la protesta no se había hecho pública, ya que su publicación habría sido "menos eficaz".
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REPORTAJE: Beatificación de víctimas de la Guerra Civil
"¿Nosotros somos nadie o qué?"
Familiares de los curas vascos fusilados por Franco claman contra el olvido
MARÍA ANTONIA SÁNCHEZ-VALLEJO - Zeanuri (Vizcaya) - 27/10/2007
(http://www.elpais.com/articulo/sociedad/somos/nadie/elpepusoc/20071027elpepisoc_13/Tes)
Los escasos familiares que aún viven de los sacerdotes vascos fusilados por las tropas de Franco en 1936 claman contra la desmemoria. Hermanos y sobrinos de dos de estos religiosos lamentan el silencio y la politización de la ceremonia de beatificación de los mártires del llamado bando nacional, mañana domingo, en Roma.
En casa de los Sagarna Uriarte no se ha dejado de hablar ni un solo día de la muerte de José, a los 24 años, el 20 de octubre de 1936. Ni sus dos hermanos supervivientes, Vicenta, de 85 años, y Fidel, sacerdote, de 83, ni sus sobrinas Merche o Izaskun pasan día sin nombrarlo. Zeanuri, la localidad de la Vizcaya profunda donde viven, verá este domingo elevar a los altares a dos lugareños. Sobre la figura de otro de ellos, el sacerdote José, se abate el silencio. Es uno de los 16 religiosos vascos asesinados en los primeros meses de la guerra civil, otra más de las víctimas silenciadas.
"¿Nosotros somos nadie o qué?", clama con rabia la matriarca Vicenta. "La sangre no es agua, por eso sentimos mucha impotencia ante la ceremonia del Vaticano. ¿Y los nuestros? No estoy en contra de nadie, pero aún no nos han pedido perdón", se queja.
José Sagarna Uriarte llevaba un año ordenado cuando un asunto privado le granjeó la inquina de un prócer de Berriatúa, en cuya parroquia era auxiliar. "Al parecer, un señor importante tenía relaciones extramatrimoniales y mi tío denunció esa conducta como impropia en el sermón, sin nombrarlo. El hombre le delató a las tropas franquistas", cuenta su sobrina Izaskun, alcaldesa del PNV de Zeanuri.
El joven José fue hecho preso en la parroquia, maniatado con dos cuerdas que aún conserva la familia como reliquia, y ejecutado junto a un manzano en el monte, en Amalloa. Minutos antes, el capellán que le confesó había dicho a los soldados que estaba libre de pecado. "El monaguillo vio cómo traían el cuerpo desangrado en una camioneta, y cómo lo enterraban, vestido, con los borceguíes puestos, en la tierra del cementerio de Larruskain, su anterior parroquia. Sin caja, como un perro", prosigue Vicenta.
La lápida de piedra colocada sobre el túmulo de restos es lugar de peregrinación de la familia Sagarna, pero también de Juan Zabala, el monaguillo de José, hoy con 81 años. "Juan se encargó de indicar con una estaca el lugar donde fue asesinado; cuando se caía o pudría, ponía otra", recuerda Vicenta Sagarna. Desde hace 20 años, una cruz de piedra recuerda el suceso.
Unos por nacionalistas, otros por encontrarse en el lugar inadecuado, los 16 sacerdotes vascos asesinados por Franco no fueron las únicas víctimas religiosas del bando rojo. También hubo decenas de exiliados: unos 200 vascos, el navarro Marino Ayerra o el andaluz Gallegos Rocafull, por ejemplo. "A unos los buscaban porque se habían significado como nacionalistas o como partidarios del gobierno legal; a otros, como a Sagarna, se los encontraron", resume el historiador Iñaki Goiogana, de la Fundación Sabino Arana. "Entre los fusilados había figuras preclaras del nacionalismo o el vasquismo, como José Ariztimuño, Aitzol, activista y renovador de la lengua y la cultura vascas".
La cripta del cementerio de Hernani, en la que aún cuelgan las lápidas con el nombre de algunos de los muertos, ha sido objeto de investigación por parte de la Sociedad de Ciencias Aranzadi. El historiador Iñaki Egaña confirma que allí mismo fue asesinado el grupo más numeroso: nueve sacerdotes (otros cinco murieron en Oyarzun). "No sabemos qué ha pasado con los restos. Puede que vaciaran la cripta en época de Franco, o que llevaran los despojos al Valle de los Caídos", explica.
Celestino Onaindía fue ejecutado el 28 de octubre de 1936 allí, en Hernani. Triste paradoja: el mismo día, 71 años después, la jerarquía celebra la beatificación de otros muertos como él. Su sobrina Miren Onaindía, de 74 años, reivindica su figura: "Apenas lo traté, pero en casa siempre se ha hablado del tío Celestino, el que mataron los franquistas. Tenía 38 años y volvía de oficiar un entierro. Le esposaron y llevaron a la cárcel de Ondarreta, donde estuvo ocho días. Le fusilaron sin juicio, sólo por ser un sacerdote vasco; la orden de ejecución apareció después en un archivo de Galicia. Murió entonando un Tedeum bajo las balas".
Celestino era hermano de Alberto Onaindía, el padre Olasso, figura clave en la iglesia nacionalista vasca. "Por ser sobrinos de Alberto nos quitaron el pasaporte a todos. Hemos estado en el exilio, así que para nosotros no es algo tan lejano. Durante años nadie pudo decir nada. Incluso para hacernos llegar su breviario hubo gente que se jugó el tipo", remata Miren. El breviario, marcado por la página del 28 de octubre -día de la ejecución-, está en poder de la sobrina. También el cáliz con que oficiaba, que hoy se utiliza en las misas de una residencia de ancianos de Getxo.
"Soy creyente católica, y me resbalan los fastos del domingo. Me parece todo muy político, pero fundamentalmente me molesta el silencio de la Iglesia vasca. No tengo nada en contra de los que van a beatificar, pero no está nada bien que los nombres de nuestros fusilados no hayan aparecido nunca en el Boletín Diocesano. La jerarquía de Madrid debería pedir perdón por lo que hicieron", protesta Miren Onaindía.
El historiador Hilari Raguer, de la abadía de Montserrat (Barcelona), es uno de los máximos expertos en la Iglesia de la guerra civil y el franquismo. "He visto los archivos secretos vaticanos, recientemente abiertos a los investigadores. Pues bien, en el fondo Antoniutti están las listas de sacerdotes represaliados", confirma. Hildebrando Antoniutti fue enviado por Pío XI a Euskadi para proteger al clero. Como dijo este pontífice durante la guerra civil, "en la España de Franco se fusila a los sacerdotes igual que en la zona republicana", recuerda Raguer. Siete décadas después, su sucesor en la silla de Pedro sólo ve mártires a un lado de la historia.
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12mil niños secuestrados y otros tantos asesinados por le genocida terrorista Francisco Franco
http://boards5.melodysoft.com/app?ID=rebelateforo&msg=42
secuestro de más de 12 mil niños hijos de republicanos asesinados por el régimen del "generalísimo."
Orfanatos católicos y familias adictas a la dictadura franquista se hicieron luego cargo de esos niños, que generalmente eran inducidos a seguir la carrera eclesiástica.
La investigación de Cendrós y Valls ha revelado que en principio los niños eran llevados directamente a las cárceles con sus madres, en donde sobrevivían en condiciones infrahumanas. A modo de ejemplo, el informe señala que "en los años cuarenta, en la madrileña cárcel de Ventas, que tenía una capacidad para 500 reclusas, había más de cinco mil detenidas, y sus hijos vivían con ellas." En 1943 estaban tutelados por el Estado en centros religiosos y establecimientos públicos 12.042 niños y niñas. Los niños "desaparecidos" de España no fueron asesinados, o por lo menos no hay testimonios de ello, pero tampoco fueron devueltos a las familias de sus padres, sino que el Estado los "reeducó" para que fueran fieles al régimen.
El fraile capuchino Gumersindo de Estrella relató en sus memorias que tuvo a su cargo dar la extremaunción a las republicanas Selina Casas y Margarita Navascués, fusiladas en la cárcel de Torrero el 22 de setiembre de 1937. El monje escuchó sus gritos mientras se alejaba: "¡Hija mía! ¡No me la quiten! ¡Por compasión, no me la roben! ¡Que la maten conmigo! ¡Me la quiero llevar al otro mundo! ¡No quiero dejar a mi hija con estos verdugos!" Las hijas de Casas y Navascués fueron llevadas a "la casa de la maternidad" por las monjas. Lo mismo sucedió con la hija de una joven anarquista fusilada en la cárcel de Ventas, en Madrid. Trinidad Gallego, enfermera y militante del Partido Comunista, recuerda que antes de ser ejecutada en el Cementerio del Este la joven "consiguió que, como última voluntad, el oficial que estaba al mando del pelotón, el que le dio el tiro de gracia, se comprometiera a llevar a la niña con su abuela. Inmediatamente después de la ejecución, cuando el militar volvió a la cárcel, la niña ya no estaba".
Algunas mujeres que se negaron a entregar a sus hijos debieron resignarse a verlos morir en las cárceles, sufriendo el constante acoso de las monjas que pretendían llevárselos. La catalana Carme Riera, presa en Saturrarán por haber sido la compañera del dirigente sindical Horacio Callejas, se negó a entregar a su hija a las religiosas que regenteaban la maternidad de Les Corts, en Barcelona. Riera recuerda: "Tuve un buen parto pero después sufrí una infección que me mantuvo en cama seis meses. Con la excusa de que yo no estaba bien, las monjas quisieron quitarme a la niña, decían que yo no la podía criar. Yo me negué y por eso no me daban racionamiento para mi hija. Era su manera de presionarme para que se las entregara pero nunca lo hice". Su hija Aurora murió junto a otros 29 niños de un virus que atacó la cárcel de Santurrarán cuando sólo tenía un año de edad.
La legislación de la época establecía que los padres de los niños que ingresaran al Auxilio Social perderían la patria potestad y que se podría cambiar el apellido de los niños "siempre y cuando la familia adoptante fuera profundamente católica y adicta al régimen". En pocos años, las cárceles quedaron sin niños y se multiplicó la cantidad de seminaristas. Cuentan Cendrós y Valls que "al asturiano Uxenu Alvarez, de 72 años, le tocó ver a sus dos hermanos, Arcadio y Rodolfo, vestidos de cura". Su padre fue condenado a muerte por haber "ayudado con su coche a las fuerzas legales" y como eran huérfanos de madre, el gobierno ingresó a los tres hermanos "en el hospicio de Pravia (Asturias). Poco después a Arcadio y a Rodolfo se los llevaron al seminario. A mí, con sólo siete años, me vistieron de falangista y a mis hermanos de curas. Ni ellos ni yo teníamos ni idea de qué nos estaban haciendo".
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La muy selecta Iglesia
30 Julio 2007 | Archivado en: 06. CAMBALACHE
Enviado por: Luis Méndez Asensio
Que se etiquete de “selectiva” la ley de Memoria Histórica que impulsa el Gobierno socialista, IU y distintas agrupaciones de derechos humanos, es sencillamente un embuste. Pero si además lo hace la Iglesia católica española, el calificativo alcanza el grado de alevosía. Si ha habido en este país una institución que durante la guerra civil y los casi cuatro decenios de dictadura se empleó a fondo en discriminar, maldecir y excomulgar a los enemigos de la santa cruzada, unos cuantos millones de españoles, esa ha sido la Iglesia que representa Juan Antonio Martínez Camino y otros ilustres retrógrados que sin tapujos arremeten contra un proyecto cuyo único objetivo, lejos del revanchismo que se atiza a cada rato para desacreditarlo, es el de rescatar la dignidad de los que fueron tachados de un plumazo de todos los censos del país y enterrados, la mayoría de ellos, en fosas comunes sin ubicación precisa. Su delito: defender un régimen legalmente constituido. La Iglesia que parece haber optado por practicarse el harakiri en tiempos de confusión, despotrica contra la ley de Memoria Histórica, pero batalla en paralelo por la beatificación de los religiosos que murieron a manos del rojerío. Si nos atenemos a esa lectura del conflicto que tanto le gusta a la derecha de que no hubo vencedores ni vencidos y reivindicamos la tan manida reconciliación nacional, habría que convenir que para el éxito del colectivo no procedería jamás la victimización de uno de los bandos, en este caso precisamente el que alentó sin cesar desde los púlpitos el golpismo y el posterior enfrentamiento civil, sumándose luego de manera entusiasta a los que bebieron del fascismo celtíbero para justificar su lucha contra las libertades, el laicismo y el fin de los privilegios. Con su refinado cinismo, los próceres de la Iglesia aseguran que no hay que reabrir viejas heridas. ¿Cómo encajar entonces la entronización, setenta años después, de los religiosos alineados con las fuerzas golpistas? Lamentablemente, la Iglesia católica de nuestro país ha sido una de las instituciones, junto al ejército, la policía y el aparato judicial, que no sufrió purga alguna durante la transición, por lo que su credo profundo ha permanecido prácticamente inalterable. Nunca apostó por la reconciliación, ni siquiera por la democracia, ya que como corporación se mantuvo del lado del dictador hasta bien entrada la transición. Sólo con este trasfondo se explican los exabruptos de Martínez Camino y allegados que, acostumbrados a monopolizar el poder y manipular emociones, berrean cada vez que el Gobierno les recorta presupuestos o prebendas. La definición del Estado español como aconfesional creo que ha sido uno de los mayores errores del partido socialista. No basta con la neutralidad. Hay que apostar de manera contundente por el laicismo y obligar a la Iglesia a que no interfiera en los asuntos públicos. La religión pertenece al ámbito privado. Y una institución eclesiástica, por más feligreses que acumule, no puede contaminar a cada rato con sus proclamas incendiarias. Simplemente, en términos civiles, no representan a nadie. Y por ello, sólo deberían dedicarse a sermonear en los templos.
(http://www.ideasydebate.com/?p=581)
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Priaranza: Removiendo las fosas del franquismo
Artículo publicado en el diario El Mundo el domingo 17 de Marzo de 2002 en la portada del suplemento CRÓNICA.
Ildefonso Olmedo.
16 de octubre de 1936. El camión de gaseosas Olarte paró aquella noche a las puertas del hacinado calabozo del Ayuntamiento de Villafranca del Bierzo. La Guerra Civil devoraba a España desde hacía sólo tres meses y aunque la comarca leonesa no era zona de batalla entre los dos ejércitos, el bando nacional estaba ejerciendo una feroz represión sobre los «desafectos» al glorioso alzamiento. Cuando el vehículo de la bebida burbujeante arrancó con el cargamento de hombres 15 en total, incluido el dueño del almacén La Preferida, Emilio Silva Faba, de 44 años una gran fosa les aguardaba a apenas 30 kilómetros, en un desvío de la carretera comarcal 536 a las afueras de Priaranza. Detrás del camión rodaba otro, también cubierto con lona, con cuatro hombres armados en sus asientos: los pistoleros. La luz de los faros penetraba a ráfagas dentro del remolque del primer camión y alumbraba levemente por momentos los apesadumbrados rostros de los 15 hombres que se sabían camino del matadero.
El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando la serenidad de la noche quedó rota por el sonido de los disparos. Aquella noche de octubre de 1936 terminó al pie de la carretera, a la luz del coche de los verdugos, con una carnicería y un superviviente (Leopoldo Moreira, de Trabadelo, que echó a correr nada más abrirse las puertas de camión y esquivó en la oscuridad los proyectiles de 9 milímetros que destrozaron la nuca de sus 14 compañeros antes de caer en el agujero acribillados a balazos). Todos, salvo uno cuya familia se enteró de lo ocurrido y pagó 10 duros de entonces al enterrador para poder recuperar el cadáver quedaron sepultados en una fosa común. Con los años, un viejo nogal dio sombra y enterró sus raíces en aquella tierra olvidada.
28 de octubre de 2000 (64 años después). Una excavadora abre zanjas en la cuneta del lugar que los más viejos paisanos conocían como el paseo del corro, el sitio que los niños de Priaranza temieron más aún que al hombre del saco y que por ello siempre pasaban corriendo, sin detenerse. Un conocido arqueólogo de León, Julio Vidal, dirige las excavaciones. A su lado, además de la antropóloga forense María Encina Prada, vivía el emocionante momento histórico el periodista Emilio Silva, nieto del Emilio Silva que regentaba el almacén de productos coloniales La Preferida en Villafranca del Bierzo, donde aún hoy un monolito rinde homenaje al comandante franquista Manso como el «libertador de la villa».
Por delante de la excavadora, un anciano de 85 años, Francisco Cubero, servía a todos de brújula para dar con el osario. El hombre esforzadamente desplegaba sobre el terreno la geografía de sus peores recuerdos. Hacía ya 64 años, siendo aún mozo, fue obligado a enterrar a los 14 fusilados. No le dieron opción.Hasta le advirtieron que aquello también a él, miembro de las Juventudes Socialistas, debía servir de escarmiento. «Ahí está la fosa, bajo esa nogal recrecida», confirmaba ahora el buen hombre las palabras de otro lugareño.
Al tercer día, la pala de la excavadora dejó asomar una suela y los huesos de un pie. Hallados los restos, incluyendo los de un veinteañero manco, comenzaba el laborioso trabajo de la identificación (asignar a cada cadáver una identidad) y se abría la posibilidad de que cada familia pudiera dar digna sepultura a su fusilado.Algunos objetos podían ayudar a completar la lista de los 13.Eran pistas: monedas, unos gemelos, los broches de unos tirantes, la cremallera de un mono, un peine con la inscripción «New York, 1935». No estaban entre los hallazgos ni el reloj ni el anillo con sus iniciales que Emilio Silva Faba llevó consigo siempre en vida.
La víspera de su ejecución extrajudicial, en aquel lejano e ignominioso 16 de octubre de 1936, se los había entregado a Modesta Santín, la madre de sus seis hijos, en la última visita que la mujer le pudo realizar en el calabozo de Villafranca que fue antesala de la fosa común.
16 de marzo de 2002. Ayer mismo. El profesor de la Facultad de Medicina de la Universidad de Granada José Antonio Lorente comienza en el Ayuntamiento de Priaranza del Bierzo la primera identificación, mediante prueba de ADN, de huesos extraídos de una fosa común de la Guerra Civil. A cuatro de las 13 osamentas halladas bajo el nogal, en una cuneta de la carretera, acaban de tomárseles muestras que serán cotejadas con las de sus familiares vivos para poder confirmar si se trata de Emilio Silva Faba, Enrique González Miguel, Juan Francisco Falagán y Manuel Lago.
El valor histórico del acontecimiento, que desentierra la memoria de un pasado oculto durante más de medio siglo de silencio, corrió parejo al científico. La prueba del ADN mitocondrial (que se transmite por vía materna) a unos restos del año 36 es considerada por el departamento de Medicina Legal de la Facultad de Medicina de Granada, que corre con los gastos de los costosos análisis, como una buena forma de testar un sistema que el profesor Lorente ya ha utilizado en países donde la represión y la guerra dejaron su reguero de desaparecidos (Chile, Perú, Colombia, El Salvador...).
También el director del laboratorio de identificación genética de la Universidad andaluza ha trabajado en España, donde colabora activamente en el programa Fénix para la identificación de restos humanos que la Guardia Civil y la Universidad de Granada pusieron en marcha en 1998 con el patrocinio del Ministerio del Interior.La Benemérita, por ello, es la única institución española que posee un banco de ADN de cadáveres sin identificar.
Ahora la ciencia llega para remover las fosas comunes del franquismo y desenterrar una parte olvidada de aquella macabra historia que quedó tapada a los ojos incluso de los historiadores. La Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, creada en diciembre de 2000 por el nieto de fusilado Emilio Silva junto con el joven de Ponferrada Santiago Macías (entregado desde hace años a rescatar la memoria de los guerrilleros antifranquistas del Bierzo), es la verdadera artífice, empeñada como está en recuperar de la tierra y del olvido los cadáveres de los fusilados.
MONTES Y CUNETAS
Su labor consiste, según explican a CRÓNICA, en «devolver la identidad a aquellos hombres que fueron asesinados y desaparecidos por soñar un mundo más justo». Porque, agrega el periodista Silva, «yo soy nieto de un desaparecido. Primero de la Guerra Civil, después de la dictadura y hasta ahora de la democracia. Mi abuelo era un comerciante con recursos y su familia se quedó sin nada tras su muerte. Ahora, tras la apertura de la fosa, ha recuperado parte de la dignidad que merecía... Lo que está ocurriendo es también un homenaje a los miles de hombres que, tras 25 años largos de democracia, permanecen enterrados en montes y cunetas, que fueron injustamente asesinados y que merecen un reconocimiento público de la sociedad española, puesto que con sus vidas muchos de ellos escribieron el código genético de nuestras libertades actuales».
Aún no se sabe con absoluta certeza la identidad de los 13 de Priaranza. Hasta ahora, dado que el expediente militar de la ejecución no ha sido localizado, sólo se conocen los supuestos nombres de nueve, quizás 10: los cuatro del ADN más Juan Francisco Falagán Álvarez, César Fernández Méndez, Blas Fernández Mauriz, Gaspar Uría Mauriz y su yerno Victoriano García Castaño. Existen dudas sobre Gregorio Villalibre Pérez.
La historia de lo ocurrido permanecería oculta de no haber sido por la fuga de Leopoldo Moreira, el pasajero número 15 del camión de gaseosas que pudo huir. Deambuló toda la noche, perdido, y al amanecer del frío 17 de octubre volvió a darse de bruces con sus compañeros de viaje. Durante el tiempo que sobrevivió, antes de ser abatido a tiros por la Guardia Civil en Sotogayoso seis meses después, no dejó nunca de contar de lo que se libró aquella terrible noche. También otros muchos ojos vieron los resultados de la matanza. Algunos eran niños a los que el maestro del pueblo había llevado hasta la cuneta de la carretera para mostrarles lo que les pasaba a hombres «como aquéllos».
Gente como Emilio Silva Faba. Tenía 44 años y seis hijos. Autodidacta y entusiasta de la enseñanza pública, había vivido unos años en Argentina. Cuando regresó a Villafranca del Bierzo abrió un almacén de productos coloniales y se casó con Modesta Santín.En 1936 era delegado en la zona de Izquierda Republicana, el partido de Manuel Azaña. Su hijo Ramón tenía ocho años cuando le acompañó hasta la puerta del Ayuntamiento. «Vete a tu casa que tu padre queda detenido», le dijeron. Fue la última vez que lo vio. «Había toque de queda», ha recordado recientemente el hijo, ya septuagenario, «así que a la mañana siguiente mi madre fue a llevarle el desayuno. El guardia le dijo que no estaba allí, que se había escapado por una ventana». Pero su cuerpo yacía ya abandonado en una cuneta, muy cerca de Priaranza. Y con él los de Juan Francisco Falagán, un ferroviario hijo de un guardia civil; Enrique González Miguel, zapatero de 25 años con una hija de uno; Manuel Lago González, jornalero de 23 años...La lista sigue incompleta.
Como en Priaranza, donde según los viejos del lugar «hay más muertos fuera del cementerio que dentro», España entera se llenó de fosas comunes, muchas aún por localizar. El periodista Emilio Silva, buscando la de su abuelo, recorrió más de 15 enterramientos sólo en los alrededores. Comenzaba una historia personal que empieza a ser alargada: «Rescatar a mi abuelo y a sus compañeros del olvido». En el Bierzo, en Asturias, en Aragón, en Andalucía, en Extremadura...
En su trasiego, el nieto de Silva ha descubierto, además, que muchas flores y cruces que siembran las carreteras de toda España no indican que allí hubo un accidente mortal de tráfico, como todos suponen, sino que marcan sobre el asfalto la existencia de una fosa de la guerra civil o la posguerra.
NUEVOS DESENTIERROS
La asociación de Silva y el ponferradino Santiago Macías planea nuevas exhumaciones de cadáveres. De hecho, el pasado 8 de septiembre procedieron a la que fue su segunda intervención sobre el terreno.En esta ocasión, abrieron una fosa de las ocho que tienen localizadas en el municipio Cubillos del Sil (León). Hallaron cuatro personas: tres hombres y una mujer que ha podido ser identificada como la madre de quien después sería un niño de la guerra en la Unión Soviética, Vicente Moreira. La tarea promete ser laboriosa: búsqueda de un viejo maestro republicano en una fosa de Toral de Merallo, exhumación de dos mineros en Prado de Pardiña... El calendario es para años.
En un futuro próximo no descartan desplazarse hasta Castuera, en la comarca pacense de La Serena, donde la investigación de varios historiadores empieza a sacar a la luz la existencia de lo que el catedrático de Historia sevillano Antonio Miguel Bernal ha llamado recientemente «un auténtico campo de exterminio».
Las bocas de antiguas minas de plomo y plata existentes junto al campo de concentración que levantaron los vencedores a principios de 1939 (fue clausurado en marzo del 40) sirvieron de sepultura a muchos de los más de 10.000 presos que se estima que pasaron por los 70 barracones rodeados por una doble alambrada de espino y vigilados por cuatro nidos de ametralladora. «Nos hemos ofrecido», explica Silva, «a que uno de nuestros forenses, que es espeleólogo, baje a la mina con una cámara y ver qué podemos hacer».
El campo de concentración de Castuera constituye uno de los episodios más infames de la represión franquista en la inmediata posguerra. Allí se ensayaron, explica el historiador y hoy director de la Biblioteca de Extremadura Justo Vila Izquierdo (también lo tiene escrito en su libro La guerrilla antifranquista en Extremadura), «métodos de exterminio masivo, utilizados y perfeccionados después por los nazis en sus campos de muerte durante la II Guerra Mundial. No me refiero a cámaras de gas, pero sí a prácticas como la llamada cuerda india o la visita de falangistas de los alrededores para elegir, entre los presos formados ante ellos, a quienes se llevaban para fusilar».
Lo que era la cuerda india lo explicaron, antes de morir, supervivientes del campo como José Hernández Mulero o Valentín Jiménez Gallardo (fallecido, nonagenario ya, hace apenas tres semanas): «Próximas al campo había unas bocaminas y algunas noches sentíamos vibrar el terreno, como si hubiera explosiones cerca. Al principio creíamos que era el maquis, que venía. Pero luego supimos que con una cuerda amarraban a varios prisioneros y empujaban al primero dentro la mina. Unos arrastraban a otros y luego les arrojaban bombas de mano por si seguían vivos».
El pueblo, cuna en 1767 de Godoy (el llamado Príncipe de la Paz, primer ministro con Carlos IV) y que no fue ocupado por los nacionales hasta el 23 de julio de 1938, se había convertido en la capital de la Extremadura republicana (Miguel Hernández pasó en él dos meses en 1937) y ello le costó caro. Aún hoy, a más de 60 años del final de la guerra, nadie sabe con certeza cuántas personas fueron víctimas de la brutal represión.
Carlos Sánchez Manzano (superviviente aún vivo del campo, como Félix Morillo, Manuel Esperilla o Quico Fonteca) recuerda a sus 87 años cómo «muchos de los que estaban en los barracones eran llamados por los encargados del campo y ya no volvían jamás.Recuerdo a un muchacho que llamaban El Chulillo, una mañana me vino preguntando por sus dos hermanos y al día siguiente desapareció él también». Félix Morillo lo dice con otras palabras: «Había gente que moría de hambre y otros se fueron a la mina». Los que, confinados al barracón de aislamiento (el número 70), osaban asomar la cabeza se jugaban recibir un certero disparo de los vigilantes. Esperilla vio caer muerto de una ráfaga a un muchacho que quiso tomar aire. Ninguno olvida la hora a la que pasaba, a pocos metros del campo, el tren Badajoz-Madrid: minutos después de la cinco de la mañana. Escuchar la locomotora alejarse era sinónimo de seguir vivo, pues todos sabían que se aprovechaba el estruendo de la máquina para arrojar a los condenados a las bocaminas.
PRESOS Y ESCLAVOS
Después llegarían los campos de trabajos forzosos. El historiador W. Duhant, citado por el ex preso César Broto en su libro La gran trata de esclavos, explica cómo «un día los vencedores se dieron cuenta de que en la guerra el prisionero más preciado era el prisionero vivo. Desde entonces disminuyeron las masacres y se desarrolló la esclavitud». En el Valle de los Caídos o en los canales para convertir en regadío las tierras del Bajo Guadalquivir. Se ha estimado recientemente (Esclavos por la Patria, de Isaías Lafuente) que el Estado se embolsó con sus jornales impagados un botín de 130.000 millones de pesetas.
Y costoso es ahora, casi 65 años después, desenterrar e identificar a los arrojados a fosas. La Asociación para la Recuperación de la Memoria, sabedora de que la dictadura costeó la exhumación y traslado de los cadáveres de su bando (una orden de 1 de mayo de 1940 hablaba de «las justas aspiraciones de los familiares de aquellos que gloriosamente cayeron por Dios y España, víctimas de la barbarie roja» y «con deudos asesinados por la horda marxista») llevará al Congreso una proposición no de ley para que el Estado se haga cargo de los gastos. Entienden que se saldaría así una deuda histórica con los vencidos. Los olvidados, como sus muertos.
LAS PRUEBAS QUE HACE EL FORENSE
por FLORA SAEZ / PACO REGO
Cientos de restos óseos se acumulan en los cementerios y fosas comunes abandonados sin que nadie haya sido capaz de identificarlos. Ahora, y por primera vez, va a hacerlo en España, con víctimas de la Guerra Civil, un equipo de genetistas de la Universidad de Granada dirigido por el doctor José Antonio Lorente. Ayer tomó muestras de las osamentas que permitirán saber, mediante la prueba irrefutable del ADN, si lo que queda de los cadáveres de cuatro de los 13 republicanos que fueron asesinados el 16 de octubre de 1936 en la localidad leonesa de Priaranza del Bierzo, pertenece, como se piensa, a Emilio Silva Faba, Juan Francisco Falagán, Enrique González Miguel y Miguel Lago. A cada uno se le extraerá una pequeñísima parte de sus dientes mejor conservados, sin caries, y del fémur. Los huesos, explica el doctor Lorente, aguantan mucho mejor el paso del tiempo, manteniéndose intacto el material genético de los cuerpos. Éste será comparado con el de los familiares de los muertos, cuyo ADN se obtendrá de una simple muestra de saliva. Cada análisis costará 3.000 euros.Y es que la huella genética, única e intransferible, perdura más allá de la muerte. Con ella se podría identificar a un individuo entre 3.000 millones con una certeza del 99,99%. De no ser por esta moderna prueba hubiera sido imposible descubrir a los descendientes del zar de Rusia o los cadáveres de Lasa y Zabala, los presuntos etarras enterrados en cal viva en Alicante. Aunque en España este método se utiliza especialmente para determinar la paternidad, los jueces ya la solicitan en casos de violaciones y asesinatos. José Antonio Lorente, que trabajó durante dos años en la Academia del FBI en Virginia (EEUU), de donde trajo las últimas técnicas de ADN forense, calcula que en dos o tres meses se sabrá con certeza la identidad de los cadáveres desenterrados en la fosa leonesa. Un proceso arduo y difícil que el jefe del departamento de Medicina Legal de la universidad andaluza también se encarga de enseñar a sus colegas latinoamericanos a través de un programa financiado íntegramente por la Fundación Marcelino Botín.
LAS CIFRAS DE LOS DOS BANDOS
por DAVID SOLAR
Propaganda. Durante casi cuatro décadas las víctimas de la Guerra Civil fueron casi exclusivamente material propagandístico. En 1938 Franco llegó a decir que la horda marxista había asesinado a 470.000 españoles y hasta los 70 los vencedores ocultaron la mortandad que causaron. En 1974 Ricardo de La Cierva admitió que pudo haber 8.000 asesinatos. Hasta aquí, sólo propaganda.
Terror rojo. Concluida la Guerra Civil, los vencedores trataron de apoyar en datos las cifras propagandísticas. Así se puso en marcha la Causa General en la que, provincia por provincia, se buscó a las víctimas del terror republicano. Como se suponía que habían sido cientos de miles, hubo una decepción general al contabilizar los muertos obtenidos. Balance final: unos 80.000 muertos. La investigación de Ramón Salas Larrazábal bajaba la cifra de la represión republicana a 72.342 personas. Años después, Ángel David Martín rebaja las víctimas de la República a unas 60.000. Y dos años más tarde un equipo de investigadores coordinado por Santos Juliá redujo el número a 55.000, cantidad que los historiadores toman por aproximada.
Terror blanco. El estudio más reciente, hecho pueblo a pueblo en 24 provincias completas y en cinco parciales, arroja 78.949 muertos. Si se extrapolan a todo el país, podrían ser 130.000 los asesinados por el bando nacional (90.000 durante la guerra, 40.000 en la posguerra).
Más geografía, más tiempo. Las diferencias entre ambas represiones tienen una explicación: a partir de 1938 la republicana sólo se podía ejercer sobre la mitad de la Península y se terminó en marzo de 1939. Los vencedores dominaron mayor espacio a partir de 1937 y mantuvieron una durísima venganza durante toda la década de los 40.
(http://www.memoriahistorica.org/modules.php?name=News&file=article&sid=23)